Si hicieran una pregunta a cada persona de este planeta diciendo “¿Si pudieras pedir un deseo que te concedieran al momento, que pedirías?”. Algunos pedirian dinero, todo el dinero del mundo creyendo que eso da la felicidad. Otros pedirían una casa de diseño o un coche que reemplace al de sus padres. Unos pedirían un viaje exótico para descansar de su agotador trabajo y otros preferirían un lugar de ciudad, donde se encuentra la acción. Pero si me preguntaran a mi, tal vez encontrarían mi respuesta algo rara, fuera de lo común. Opino que no tiene precio que la persona a la que quieres por encima de todo te mire fijamente y te diga esas dos palabras tan simples y significativas. Me niego a perder la imagen de dos personas ancianas caminando de la mano por la calle, como si solo les quedara tiempo para contemplarse el uno al otro y ver cada una de las imágenes de sus recuerdos como si fuera una película grabada en la mirada de ambos. Me niego a que la sociedad pierda el sentimiento más alocado y sano de todos los tiempos. Me niego a perder el juego, la chispa que conduce a la llama que deseamos que nunca se apague. No puedo imaginarme un mundo sin sonrisas enamoradas o miradas infinitas; sin sueños o sin una lista de cosas por cumplir junto a la persona que más quieres. Por esa razón si tuviera que pedir un deseo sería que eso, eso que tenemos, eso que surge sin tu pedirlo, no se acabe nunca. Porque considero que el dia en que el amor se haya acabado será porque el mundo también lo habrá hecho.
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