Que comas de su plato
cuando el tuyo no está ni medio vacío aún y que para devolvértela, él te robe
un trago de tu bebida aún teniendo su vaso recién rellenado. Sí. Esas pequeñas
cosas que vosotros entendéis y a los únicos a los que al parecer, os divierte.
Dejar escapar esos celos que como aquel viejo dicho dice “entre broma y broma,
la verdad asoma”. Mantenerse a salvo en las guerras bajo las sábanas. Mantenerse
a salvo con cada beso robado. Porque cuando alguien te diga “si te tiene en
frente y le gustas, sus pupilas se dilatarán”, créele. Volverse ciego para dejarte
llevar por la ruta de un mapa que desconocemos y que en el mañana del mañana
seguiremos sin conocer. Deja que trepe por tu cuerpo; que te haga
cosquillas; que te evite un beso y te de dos de recompensa. Deja que te haga
rabiar y que consiga ponerte esa carita que solo conseguían ponerte tus padres
cuando de pequeña, te obligaban a comer aquello que no te gustaba. Deja que lo
arregle. Deja que te vuelva loca. Déjate querer. Pero después de todo, no
niegues que estás enamorada de él.