Hay momentos en la vida en que nos encontramos entre dos rutas, dos vías diferentes y tenemos que elegir cuál de ellas tomar. Conocemos pocas cosas de ambas. Una de ellas es pura locura, acción y aventura. Es libre y sin ataduras. Es adictiva. Algunos dicen que lo que peor puedes llegar a hacer en ese lugar es enamorarte porque tal y como he dicho antes, acabas volviéndote loco; allí solo vivirás nuevas experiencias y te enfrentaras a todo lo desconocido. Es de esos lugares que elegirías sin ninguna duda si no fuera por la inseguridad, la incertidumbre e inestabilidad que aguarda. Y aunque creamos que es lo que queremos, cuando el tiempo pasa caemos en la cuenta de que no nos conviene y no podemos estar en dicho sitio si algún mal nos proporciona. En cambio; la otra ruta es puro recuerdo porque ya hemos estado en ella en alguna etapa anterior de nuestra vida. Es dulce y profunda. Imprevisible y tierna. Es sensible y cautivadora. Es mágica y sorprendente. Entrañable y romántica. Es única y absolutamente inolvidable. Y las cosas únicas e inolvidables siempre ganan con ventaja a todo lo demás. ¿Y si estando en alguno de aquellos dos lugares deseamos estar en el otro? La respuesta es: elegir. Nos guste o no siempre tendremos que hacerlo. He omitido algo en todo esto; no os he hablado de la tercera ruta que siempre tenemos. Es como una vía de escape en todo esto. Lo que tiene en común con las otras dos es que no sabemos cómo, ni dónde, ni con quien, ni de qué forma acabaremos; pero eso no es nada nuevo. Lo que la diferencia de las otras dos es que cuando estemos en ella no pensaremos en estar en la otra y en la otra. Por una razón muy simple y clara. Porque habremos decidido que lo mejor era romper con todo y emprender un viaje solo, sin que nadie espere una respuesta de nosotros. Porque para poder responder a las preguntas que nos hacen, tenemos que buscar esas respuestas a nuestras preguntas.
domingo, 20 de febrero de 2011
domingo, 13 de febrero de 2011
La definición exacta del amor
Tú, mi definición exacta del amor, me enseñaste más de lo que creía que podría aprender en toda una vida. Me enseñaste uno de los sentimientos más locos de la existencia. Me mostraste la indiferencia de permanecer bajo la lluvia durante eternos minutos. Me revelaste que los colores del amanecer pueden llegar a parecer realmente profundos. Me hiciste saber que todas las almas libres dan con aquello que las convierte en almas presas. Me hiciste descubrir la luz que se esconde en la oscuridad. Me enseñaste que los lunes no tienen por qué ser tan jodidos como lo son normalmente. Me advertiste que entrar en el juego no acaba nada mal. Me enseñaste a levantarme cuando no estaba preparada. Me enseñaste a vivir el presente y a cuidar aquello que estábamos viviendo. Me hiciste ver la gran diferencia que existe entre la vida y la muerte. También aprendí a apreciar la suerte; a sonreír en lugar de llorar. Aprendí la mejor técnica de juego: las cosquillas; o que el mayor secreto se esconde en la mirada. Me enseñaste que las tormentas no eran tormentas cuando se trataba de pasarlas bajo las sábanas contigo. Me enseñaste a sufrir. Me enseñaste muchas cosas ¿sabes? Pero se te olvidó algo, algo importante. Se te olvidó ser hombre y tener el suficiente valor de permanecer y hacerle frente a aquellos sentimientos que empezaron a despertarse en ti. Huiste de ello, y ese es el mayor error que alguien puede llegar a cometer.
martes, 8 de febrero de 2011
¿Y si...?
Tan confuso, tan absorvente y tan entretenido como el remolino que se forma con las hojas caídas de un otoño reciente, acompañado del frio viento de un aproximado invierno. Y en la espera de un semáforo caemos en esta pregunta que continuamente solemos hacernos ¿y si…, y si…?. ¿Y si qué? ¿Miedo? ¿Cobardía? Si, probablemente ambas cosas. Pero ¿Por qué? Quizás por temor a perder; a caer, a volver a caer; a fracasar, fallar de nuevo; a tal vez marcar una herida nueva o tal vez a volver a abrir un corte que ya se había cerrado hace tiempo. Y en estos casos, ¿Dónde se encuentra la esperanza por algo fallido, la ilusión por la recuperación, la locura por eso que todos conocemos, la recuperación por las caídas, las segundas oportunidades que nos brinda el amor? Seguir, y afrontar los obstáculos que nos ofrece la vida; confiar y hablar de todo aquello que nos preocupa asumiendo las consecuencias de nuestros actos. Eso y solo eso, nos hace crecer como personas; pero sobretodo madurar, nos hace madurar, de lo que en tantas ocasiones presumimos y de aquello que carecemos en otras muchas más.
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