domingo, 20 de febrero de 2011

Entre dos caminos

Hay momentos en la vida en que nos encontramos entre dos rutas, dos vías diferentes y tenemos que elegir cuál de ellas tomar. Conocemos pocas cosas de ambas. Una de ellas es pura locura, acción y aventura. Es libre y sin ataduras. Es adictiva. Algunos dicen que lo que peor puedes llegar a hacer en ese lugar es enamorarte porque tal y como he dicho antes, acabas volviéndote loco; allí solo vivirás nuevas experiencias y te enfrentaras a todo lo desconocido. Es de esos lugares que elegirías sin ninguna duda si no fuera por la inseguridad, la incertidumbre e inestabilidad que aguarda. Y aunque creamos que es lo que queremos, cuando el tiempo pasa caemos en la cuenta de que no nos conviene y no podemos estar en dicho sitio si algún mal nos proporciona. En cambio; la otra ruta es puro recuerdo porque ya hemos estado en ella en alguna etapa anterior de nuestra vida. Es dulce y profunda. Imprevisible y tierna. Es sensible y cautivadora. Es mágica y sorprendente. Entrañable y romántica. Es única y absolutamente inolvidable. Y las cosas únicas e inolvidables siempre ganan con ventaja a todo lo demás. ¿Y si estando en alguno de aquellos dos lugares deseamos estar en el otro? La respuesta es: elegir. Nos guste o no siempre tendremos que hacerlo. He omitido algo en todo esto; no os he hablado de la tercera ruta que siempre tenemos. Es como una vía de escape en todo esto. Lo que tiene en común con las otras dos es que no sabemos cómo, ni dónde, ni con quien, ni de qué forma acabaremos; pero eso no es nada nuevo. Lo que la diferencia de las otras dos es que cuando estemos en ella no pensaremos en estar en la otra y en la otra. Por una razón muy simple y clara. Porque habremos decidido que lo mejor era romper con todo y emprender un viaje solo, sin que nadie espere una respuesta de nosotros. Porque para poder responder a las preguntas que nos hacen, tenemos que buscar esas respuestas a nuestras preguntas.

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