Y de pronto toda tu vida se
concentra en ese instante. Unos ojos castaños observan desde un pedacito de
cielo como el mundo se desmorona; como el mundo ha estallado en guerra.
Personas de diferentes religiones luchando entre sí sin darse cuenta de que todos
le rezamos al mismo Dios. Humanos que hacen la guerra y no el amor. Una mirada
triste que traspasa la ventana en lo alto de un rascacielos de Nueva York
desvelando la innecesaria y desbordante riqueza que se haya en algunos,
mientras que en las calles más pobladas se encuentra la más injusta pobreza.
Millones de balas; de misiles; de bombas que atraviesan cuerpos y destruyen
ciudades; destruyen humanos. Nos destruyen a nosotros. El mundo ha estallado en
guerra. Millones de parados y largas colas para conseguir un plato caliente de
comida y un lugar donde pasar la noche más fría de invierno. Niños que no
conocen la felicidad porque trabajan para sobrevivir un día más. Conflictos
entre sexos y entre razas. Noticias de robos, accidentes, asaltos y asesinatos durante
las veinticuatro horas del día. Condenas largas para los débiles e irrazonables
castigos para los fuertes. Pero de pronto a esos ojos castaños que observan
desde un pedacito de cielo como el mundo se desmorona, le entran unas ganas
terribles de bajar a la realidad para hacer de Robin Hood. ¿Qué más dará el
color de piel, si en realidad estamos hechos de la misma materia? ¿Qué sentido
tienen las guerras si todos tenemos la misma fe? ¿Qué sentido tienen los
conflictos entre países si el mundo en el que vivimos es de todos? ¿Por qué no
dar aquello que nos sobra a aquel que le falta? ¿Por qué no regalarles sonrisas
a todos los que aún no las conocen? ¿Qué mal hay en hacer de cada uno de
nosotros un pequeño Robin Hood para que el mundo no se vuelva tan loco?
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